Dije que escribo, pero nunca dije que lo hiciera bien.

Escribo porque creo que no existe otro medio para expresar la vulgaridad de los pensamientos más íntimos sin ser reprendida por el tono de voz que uso cada vez que digo lo que siento.

jueves, 24 de abril de 2014

Me recordó al Coronel.

Lo “conocí” una tarde de septiembre, cuando el ocio erradicaba mi deseo de seguir viva; llegué a la plaza y saqué el cuaderno viejo, el de siempre, el de hojas casi amarillas y la pluma y la cigarrera, también saque mis ganas de suspirar, de aburrirme de la vida, saqué las ganas de tirar a la basura la tan estereotipada imagen de la medio escritora en la que me había estado convirtiendo desde siempre, fracasando, porque en si, sí fracasaba. Me distraje mirando el viento, porque el viento también se ve, lo miré hasta que se nubló con humo, olí el alquitrán que penetró hasta mis huesos, entonces volví la mirada al horizonte y lo vi sentado en esa banca que daba a la acera, era él, estaba fumando, lo que obligó a mis labios a ansiar ese humo de muerte en mis pulmones, tome la cigarrera y recordé que había olvidado el fuego; quise culpar a ese idiota por acarrear su humo hasta mis suspiros, por recordarme que una tarde en la plaza sin un cigarro era como jamás haber ido; entonces me paré, algo ansiosa, algo molesta, algo… Le dije: - Hola sin siquiera mirarlo, respondió como responden todas las personas cuando un desconocido invade lo que ellos conocen. Justo cuando iba a preguntarle por el fuego, levanté la mirada, sus ojos seductores se hicieron de los míos, sostenía el cigarro entre los labios y respondió: ¿quieres fuego?. Cuando por fin miré su rostro pleno me enfríe.  Estaba trajeado, todo de blanco, con una corbata guinda que hacía contraste con la camisa blanca que traía debajo del saco, recubriendo sus pieles íntimas; tenía el cabello lacio, negrísimo, largo hasta las mejillas, medio escondido entre un sombrero blanco. Su piel era casi tan blanca como la leche de los higos y estoy segura de que sus pestañas le estorbaban la vista, eran largas y escurrían sin descuido frente a sus ojos de noche, sin pupila, porque eran negros, sus labios rojos se coronaban con un intento de bigote y  aunque estaba sentado pude observar la finura de su cuerpo, tenía manos frágiles sin tirarle a débiles, era exquisito a la vista. Nunca había tartamudeado al decir Sí, esa fue la primera vez. Me agache para que encendiera mi cigarrillo y cuando levante la mirada para ahondar en sus pupilas profundas me besó la barbilla. Me alejé rápidamente mientras me quemaba uno de los dedos (no sé cual) de la mano derecha con mi cigarro a medio encender, aunque yo ya estaba algo encendida, y entre fría y caliente le dije: - ¿Qué te pasa? a lo que respondió: - Nunca te alejes de la flama tan rápido, porque a veces quema más cuando la dejas encendida que cuando la dejas arder. Entonces sonrió de manera fugaz y se volteo. Regrese a mi banca, sin cigarro, sin entender, sin pensar, sin querer quedarme a verlo de lejos, entonces sin voltear apresuré mi huida, no sabía que había pasado, las palabras siempre me sobraban, pero con él enfrente se quedaron cortas.