Dije que escribo, pero nunca dije que lo hiciera bien.

Escribo porque creo que no existe otro medio para expresar la vulgaridad de los pensamientos más íntimos sin ser reprendida por el tono de voz que uso cada vez que digo lo que siento.

martes, 19 de julio de 2016

Tras una larga jornada de insomnio, decidí levantarme de la puta cama y desnudarme, creo que eran las 3 de la mañana, estaba exhausto, sin embargo, no podía conciliar el sueño.
Había caminado todo el día sin rumbo, la ciudad cada día me parecía más grande, gris y gélida. Estuve buscando una razón que le diera a mi vida: vida; una que no fuera el whisky ni el tabaco, la soledad o los libros... Pero no la hallé, no la encontré por ningún lado; cuando miré un árbol derramar su sabía sobre su piel rugosa, me sentí aún más desdichado, ese árbol lloraba su pegajoso néctar y la ciudad y la gente no lo escuchaban. Creo que siempre había sido un hombre muy sensible... A los 10 años lloré cuando miré a través del televisor el mar y a los 12, cuando por fin lo conocí, me quedé varias horas contemplando su absurdo y la capacidad que tenía para hacerme sentir nada, entonces lloré porque me considere un humano insensible, pero bien sabia que no lo era. Siempre callado, siempre solo, siempre conmigo, siempre le buscaba la vida a todo, a las hojas de los árboles, a los charcos, a los pelos de mis gatos, a mi cuerpo... Incluso a las cucarachas que tapizaban la pared de mi cuarto cuando apenas me dormía. Siempre he sido un amante de la vida...

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