Escribo, pero nunca dije que lo hiciera bien.

lunes, 14 de julio de 2014

En el fondo del espejo

“En el fondo del espejo”. Doroteo Z._.
Marzo, 1988. 2:38 a.m.
Boltaña, Sobrarbe.

Yo no le digo “Te amo” a nadie con la esperanza de que respondan: -Yo también. No espero ni siquiera que contesten gracias o que en sus ojos brille terror o compasión. Yo no digo Te amo para que se queden conmigo, ni digo Te amo cuando me dicen Te amo y yo no lo siento, porque con esas palabras no se juega, si lo sabre yo.

Yo digo Te amo cuando ha pasado el tiempo preciso, cuando es pertinente, cuando es necesario, cuando lo siento. Ese tiempo pueden ser minutos, días, meses o años, pero una vez seguro de lo que siento, cuando lo digo, de ahí en adelante el límite de mi amor es para siempre. No no no, no es que me consideré un ser humano superior, pero he llevado a la eternidad todos mis sentimientos, buenos y malos y los arrastro todos los días de mi vida, pero los humanos normales no creen en la eternidad, por eso sé que para los demás sus sentimientos cuando son reales son muy intensos pero temporales. Conmigo pasa lo contrario, crecen y crecen con los años. Por eso prefiero que nadie me ame, para que ese sentimiento jamás termine, prefiero amar sin ser amado para no preocuparme por el final.

Con ella paso algo extraño, yo no soy ni poeta ni escritor ni nada de eso, aún no me había vuelto tan ridículo, sin embargo, le escribía, creo que ella hacia que en general yo fuera más que un ser humano, una persona. Le escribí muchos poemas y cartas pero jamás le insinúe un Te amo. Con ella veía como se fusionaba la madrugada con el alba y conversaba noches enteras sobre licores y libros. Fue por ella que se me perdió la brújula y llegue hasta España.

Un día me quede sin palabras y el tiempo preciso había pasado, entonces perdí el miedo y se lo dije. pero no me basto y a ella tampoco, nos dijimos Te amo hasta que nos raspo la garganta; entonces ayer en la noche llego a casa como siempre, yo me remojé los labios con infusión de acónito mientras ella no me miraba, luego la tome de las manos y la recibí como siempre, con un beso, pero esta noche era de muerte, o bueno, más bien se lo medio di, porque me empujo en cuanto sintió mis labios sobre los suyos, me dijo que le parecí muy amargo y que sentía en la lengua un hormigueo extraño, la miré quizás como loco y solté una carcajada, subí el volumen del tocadiscos y la invite a bailar hasta morir, pero como no se moría y yo tampoco tuve que matarla, porque yo no quería beber la infusión de acónito ni dársela a ella, porque si algo se sabe allá en México, aquí en España y en todo el mundo es que esa planta no mata a la buena o como se dice, no te ayuda a bien morir, además su singular amargura no iba a dejar que ella la hiciera resbalar por su garganta y aunque no me crea, yo ya tenía mucho miedo, por lo que decidí matarla.

Aceleró su muerte cuando volvió a decir: -Te amo- mientras bailábamos, por lo que yo, enamorado, en la penumbra de ésta noche hermosa, ya sin palabras y con el amor hasta los huesos, en un intento por acariciar sus cabellos se los arranqué y me llene de furia, aunque en el fondo bien sabia que era tristeza, porque yo no vivo por instantes, ni por temporadas, yo no vivo el momento, yo vivo la eternidad, entonces la arrastre hasta la habitación y le incruste 8 puñaladas en el corazón, y sé que le di en el corazón porque escuche como se rompía.

Yo no le digo “Te amo” a nadie esperando una respuesta y cuando ella me dijo: -Yo también, te amo- me atemoricé tanto que la maté, porque con esas palabras no se juega, si lo sabre yo, porque son tan poderosas que matan, como dicen, ya ven que dicen, matan.

Pero mire, sé que usted me va a entender porque a leguas se ve que se parece mucho a mí; esa mujer me mató mucho antes, me envenenó con la mirada, con sus besos y su forma sigilosa de resbalarse entre mis brazos y navegar en mi cama, me quebraba los huesos cada noche entre las sabanas, me mataba cuando decía no cuando en realidad era sí, me restringía sus besos cuando mi sed de pasión se convirtió lentamente en amor... Entonces fue cuando supe que las cosas ya no iban tan bien, lo que sentía ya no estaba bajo mi control y entonces llegó la madrugada en la que después de un largo suspiro empapado de placer le dije: Te amo, ella no tardó más de 8 segundos en responder: Yo también, te amo. Me quedé helado y si pudiéramos sudar hielo, sé que mi nariz se hubiese escarchado.

Llevábamos 8 años de conocidos de los cuales, 8 meses atrás estábamos siendo “algo”, pero eso no importa. Le pude haber dicho Te amo años antes sin problema, pero esta vez era diferente, era real porque ella también lo sentía. Y como siempre, algo en el fondo de mí sabía que como todo, ese amor terminaría, tal vez en 4 meses, en 8 años… en 50 años, no lo sé… pero iba a terminar y yo no quería, por eso y nada más la maté. Dígame si no es una buena razón; prefería morir 8 minutos a su lado que vivir 60 años sin ella. ¿Qué si me duele?, ¡Claro que me duele!, pero sé que no será por mucho tiempo. Fíjese que la infusión de acónito ya no parece una mala opción, ¿Qué podría dolerme más que su muerte? Ya nada. Dígame si no me veo tan ridículo con la copa entre los dedos, si no supiera que hace esta pizca de veneno, si no hubiese sido hijo de un boticario obsesionado con la letalidad, si no lo supiera, creo que sería menos cobarde. Antes del brindis quiero decirle algo: -Deje sonar La vie en rose…

-Des nuits d’amour à plus finir
Un grand bonheur qui prend sa place
Les ennuis, les chagrins s’effacent
Heureux, heureux à en mourir-
[…]

Un sorbo de vainilla diluida

Dos cuarzos ámbar
fijos
en escleras nevadas,

tiritan,

insinuantes me miran,

tímidos,  

ruborizan mis mejillas.  

…hablan
mucho cuando callan…

Gotas
de nítida champaña
erotizan
a la noche

y

desnudan
a mi alma
                 sin tentarla

hurgan
entre mis deseos cuando
agitan    

sus pestañas […]