Dije que escribo, pero nunca dije que lo hiciera bien.

Escribo porque creo que no existe otro medio para expresar la vulgaridad de los pensamientos más íntimos sin ser reprendida por el tono de voz que uso cada vez que digo lo que siento.

sábado, 18 de octubre de 2014

Gamas

Un manto ceniciento
cobija a otro Agosto,
serpentinas cósmicas
destellan, enraízan
se delinean con esbozo;
siguen la cadencia
de melodías estridentes,
caen, izan al cielo,
iluminan a mis ojos.
Suspiros incandescentes,
lumbreras fugaces,
matizan de violeta
el cielo de este ocaso
a instantes plateado,
grisáceo y moribundo,
que precipita su melancolía
sobre los manzanos
y sus frutos;
las gotas palpitan y
se entierran en los charcos,
mueren y renacen
como un todo en los baches
de suelos profundos.

lunes, 14 de julio de 2014

En el fondo del espejo

“En el fondo del espejo”. Doroteo Z._.
Marzo, 1988. 2:38 a.m.
Boltaña, Sobrarbe.

Yo no le digo “Te amo” a nadie con la esperanza de que respondan: -Yo también. No espero ni siquiera que contesten gracias o que en sus ojos brille terror o compasión. Yo no digo Te amo para que se queden conmigo, ni digo Te amo cuando me dicen Te amo y yo no lo siento, porque con esas palabras no se juega, si lo sabre yo.

Yo digo Te amo cuando ha pasado el tiempo preciso, cuando es pertinente, cuando es necesario, cuando lo siento. Ese tiempo pueden ser minutos, días, meses o años, pero una vez seguro de lo que siento, cuando lo digo, de ahí en adelante el límite de mi amor es para siempre. No no no, no es que me consideré un ser humano superior, pero he llevado a la eternidad todos mis sentimientos, buenos y malos y los arrastro todos los días de mi vida, pero los humanos normales no creen en la eternidad, por eso sé que para los demás sus sentimientos cuando son reales son muy intensos pero temporales. Conmigo pasa lo contrario, crecen y crecen con los años. Por eso prefiero que nadie me ame, para que ese sentimiento jamás termine, prefiero amar sin ser amado para no preocuparme por el final.

Con ella paso algo extraño, yo no soy ni poeta ni escritor ni nada de eso, aún no me había vuelto tan ridículo, sin embargo, le escribía, creo que ella hacia que en general yo fuera más que un ser humano, una persona. Le escribí muchos poemas y cartas pero jamás le insinúe un Te amo. Con ella veía como se fusionaba la madrugada con el alba y conversaba noches enteras sobre licores y libros. Fue por ella que se me perdió la brújula y llegue hasta España.

Un día me quede sin palabras y el tiempo preciso había pasado, entonces perdí el miedo y se lo dije. pero no me basto y a ella tampoco, nos dijimos Te amo hasta que nos raspo la garganta; entonces ayer en la noche llego a casa como siempre, yo me remojé los labios con infusión de acónito mientras ella no me miraba, luego la tome de las manos y la recibí como siempre, con un beso, pero esta noche era de muerte, o bueno, más bien se lo medio di, porque me empujo en cuanto sintió mis labios sobre los suyos, me dijo que le parecí muy amargo y que sentía en la lengua un hormigueo extraño, la miré quizás como loco y solté una carcajada, subí el volumen del tocadiscos y la invite a bailar hasta morir, pero como no se moría y yo tampoco tuve que matarla, porque yo no quería beber la infusión de acónito ni dársela a ella, porque si algo se sabe allá en México, aquí en España y en todo el mundo es que esa planta no mata a la buena o como se dice, no te ayuda a bien morir, además su singular amargura no iba a dejar que ella la hiciera resbalar por su garganta y aunque no me crea, yo ya tenía mucho miedo, por lo que decidí matarla.

Aceleró su muerte cuando volvió a decir: -Te amo- mientras bailábamos, por lo que yo, enamorado, en la penumbra de ésta noche hermosa, ya sin palabras y con el amor hasta los huesos, en un intento por acariciar sus cabellos se los arranqué y me llene de furia, aunque en el fondo bien sabia que era tristeza, porque yo no vivo por instantes, ni por temporadas, yo no vivo el momento, yo vivo la eternidad, entonces la arrastre hasta la habitación y le incruste 8 puñaladas en el corazón, y sé que le di en el corazón porque escuche como se rompía.

Yo no le digo “Te amo” a nadie esperando una respuesta y cuando ella me dijo: -Yo también, te amo- me atemoricé tanto que la maté, porque con esas palabras no se juega, si lo sabre yo, porque son tan poderosas que matan, como dicen, ya ven que dicen, matan.

Pero mire, sé que usted me va a entender porque a leguas se ve que se parece mucho a mí; esa mujer me mató mucho antes, me envenenó con la mirada, con sus besos y su forma sigilosa de resbalarse entre mis brazos y navegar en mi cama, me quebraba los huesos cada noche entre las sabanas, me mataba cuando decía no cuando en realidad era sí, me restringía sus besos cuando mi sed de pasión se convirtió lentamente en amor... Entonces fue cuando supe que las cosas ya no iban tan bien, lo que sentía ya no estaba bajo mi control y entonces llegó la madrugada en la que después de un largo suspiro empapado de placer le dije: Te amo, ella no tardó más de 8 segundos en responder: Yo también, te amo. Me quedé helado y si pudiéramos sudar hielo, sé que mi nariz se hubiese escarchado.

Llevábamos 8 años de conocidos de los cuales, 8 meses atrás estábamos siendo “algo”, pero eso no importa. Le pude haber dicho Te amo años antes sin problema, pero esta vez era diferente, era real porque ella también lo sentía. Y como siempre, algo en el fondo de mí sabía que como todo, ese amor terminaría, tal vez en 4 meses, en 8 años… en 50 años, no lo sé… pero iba a terminar y yo no quería, por eso y nada más la maté. Dígame si no es una buena razón; prefería morir 8 minutos a su lado que vivir 60 años sin ella. ¿Qué si me duele?, ¡Claro que me duele!, pero sé que no será por mucho tiempo. Fíjese que la infusión de acónito ya no parece una mala opción, ¿Qué podría dolerme más que su muerte? Ya nada. Dígame si no me veo tan ridículo con la copa entre los dedos, si no supiera que hace esta pizca de veneno, si no hubiese sido hijo de un boticario obsesionado con la letalidad, si no lo supiera, creo que sería menos cobarde. Antes del brindis quiero decirle algo: -Deje sonar La vie en rose…

-Des nuits d’amour à plus finir
Un grand bonheur qui prend sa place
Les ennuis, les chagrins s’effacent
Heureux, heureux à en mourir-
[…]

Un sorbo de vainilla diluida

Dos cuarzos ámbar
fijos
en escleras nevadas,

tiritan,

insinuantes me miran,

tímidos,  

ruborizan mis mejillas.  

…hablan
mucho cuando callan…

Gotas
de nítida champaña
erotizan
a la noche

y

desnudan
a mi alma
                 sin tentarla

hurgan
entre mis deseos cuando
agitan    

sus pestañas […]  

sábado, 24 de mayo de 2014

Dices.

Dices
tanto cuando no dices nada.

Dices
con tu cuerpo temblando,
enardecido, delicioso,
discreto, anaranjado,
aventurero junto al mío.  

Dices
con tus manos cálidas,
ladinas, silenciosas,
altivas, lascivas,  
versadas en caricias.  

Dices
con tu lengua traviesa,
suculenta, venenosa,
trepadora, cual enredadera
tórrida cuando besas.   

Dices
cuando bailas, con tus
caderas deslizas al viento
fornicando, bailas y
dices, siempre dices y dices.

Dices
con tus ojos profundos,
mentirosos, tímidos,
indiscretos y fugaces,
alusivos para am [darte].

Dices
con tus movimientos,
con el desliz de tu cuerpo
sobre el mío y hasta
cuando paras… dices.


 No pude terminar. 


jueves, 24 de abril de 2014

Me recordó al Coronel.

Lo “conocí” una tarde de septiembre, cuando el ocio erradicaba mi deseo de seguir viva; llegué a la plaza y saqué el cuaderno viejo, el de siempre, el de hojas casi amarillas y la pluma y la cigarrera, también saque mis ganas de suspirar, de aburrirme de la vida, saqué las ganas de tirar a la basura la tan estereotipada imagen de la medio escritora en la que me había estado convirtiendo desde siempre, fracasando, porque en si, sí fracasaba. Me distraje mirando el viento, porque el viento también se ve, lo miré hasta que se nubló con humo, olí el alquitrán que penetró hasta mis huesos, entonces volví la mirada al horizonte y lo vi sentado en esa banca que daba a la acera, era él, estaba fumando, lo que obligó a mis labios a ansiar ese humo de muerte en mis pulmones, tome la cigarrera y recordé que había olvidado el fuego; quise culpar a ese idiota por acarrear su humo hasta mis suspiros, por recordarme que una tarde en la plaza sin un cigarro era como jamás haber ido; entonces me paré, algo ansiosa, algo molesta, algo… Le dije: - Hola sin siquiera mirarlo, respondió como responden todas las personas cuando un desconocido invade lo que ellos conocen. Justo cuando iba a preguntarle por el fuego, levanté la mirada, sus ojos seductores se hicieron de los míos, sostenía el cigarro entre los labios y respondió: ¿quieres fuego?. Cuando por fin miré su rostro pleno me enfríe.  Estaba trajeado, todo de blanco, con una corbata guinda que hacía contraste con la camisa blanca que traía debajo del saco, recubriendo sus pieles íntimas; tenía el cabello lacio, negrísimo, largo hasta las mejillas, medio escondido entre un sombrero blanco. Su piel era casi tan blanca como la leche de los higos y estoy segura de que sus pestañas le estorbaban la vista, eran largas y escurrían sin descuido frente a sus ojos de noche, sin pupila, porque eran negros, sus labios rojos se coronaban con un intento de bigote y  aunque estaba sentado pude observar la finura de su cuerpo, tenía manos frágiles sin tirarle a débiles, era exquisito a la vista. Nunca había tartamudeado al decir Sí, esa fue la primera vez. Me agache para que encendiera mi cigarrillo y cuando levante la mirada para ahondar en sus pupilas profundas me besó la barbilla. Me alejé rápidamente mientras me quemaba uno de los dedos (no sé cual) de la mano derecha con mi cigarro a medio encender, aunque yo ya estaba algo encendida, y entre fría y caliente le dije: - ¿Qué te pasa? a lo que respondió: - Nunca te alejes de la flama tan rápido, porque a veces quema más cuando la dejas encendida que cuando la dejas arder. Entonces sonrió de manera fugaz y se volteo. Regrese a mi banca, sin cigarro, sin entender, sin pensar, sin querer quedarme a verlo de lejos, entonces sin voltear apresuré mi huida, no sabía que había pasado, las palabras siempre me sobraban, pero con él enfrente se quedaron cortas. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Viaje

Eriales mis pensamientos
que de ti hoy se siembran,
cuando recuerdo tu aspavientos
la desolación en penumbra
me besa…

Escalofríos de “amor”,
con
lienzos de dolor,
retoña en mi clamor,
siento
tu tristeza en mi interior.

Finura en tus ojos,
torpe
elegancia en tus manos,
carcomes mis labios,
añoro
ser esa paz de tus llantos.

Mirada pobre, ilusión,
hastío,
tu dueña tiene un corazón
que no palpita a tu oído, razón
maldita
es su voz, tu amargo …

Te llamo: Playa


Algas marinas las de tus ojos,
el alba las mecía con llovizna
a su antojo, con mística brisa
las clavaba en mi rostro y mi risa
crecía, si perdía la conciencia
en el mar de tu finito contorno.
La playa es tu piel, arena blanca
que desmorona mi soberbia,
lunas de abril que tapizan tus
huesos, para ser alfombra del
calor que ampara a tu cuerpo.
Las olas: tus sigilosas carcajadas,
desde tu boca nacen y terminan
en tu espalda, para ser verso
de ésta noche, para estremecer
mi calma, entretejen un suspiro
en mí, después las arrastras.
El sol deshilas todas las mañanas,
algunas hebras tomas, las haces
tus pestañas, tejes tu cabello,
enciendes mi alborada, te atreves
a ser candileja de mis ansias.
La marea es esclava perpetua de
tu respiración, sube o baja, pero
abandona tu pecho o arriba mi
ilusión, cuando un suspiro alargas,
cuando el mismo aire, tuyo o mío
simplemente se “acompañan”.
Eres playa, te llamo: Playa, porque [...]

El final, me lo reservo.

martes, 14 de enero de 2014

Desierto

Sobre las sabanas
tu piel de cebada
he destilado hasta
ginebra,
bebo de tu cintura
aquel licor
que en mi garganta
se vuelve hebra de voz,
un gemido de pécora
cadencia;
recorro tu pelvis,
limito con mis manos
tu árido pecho,
tus piernas, tu suave
entereza,
así recorro tu desierto
hasta anclar mi boca
a tu oasis con lengua.
Sobre mi cuerpo,
tu cuerpo frágil
es túnica que recubre
a ésta mujer frígida
en tu ausencia,
pero te miro y la
brisa hierve,
tu avidez me vuelve
fiera;
y así,
te encuentro desnudo
sobre las sabanas,
tu piel de cebada
quiero destilar hasta
ginebra… […]

¿Casi casi?

Lo tomé casi fuerte del brazo, quería sentir su piel exquisita antes de decirle: Miserable. En un intento por rescatar “lo” que agonizaba, lo besé. Sacudió la cabeza, como arrepentido, como odiando, como con desamor, como con tristeza…y antes de que mi lengua se ahorcará con la suya, me sostuvo fuerte por la cintura y me alejó de su cuerpo en llamas. Pero yo, pero yo… perdida NO ERA YO. Enloquecida de pasión, de deseo, de calentura o de “¿amor?”, desabroche su camisa no sé como, perdí la ternura para remojar a mi cuerpo de astucia y lascivia, para recibir en la boca aquél trozo de placer que entre sus piernas ofrecía. Casi por años apaciguaba mis ganas con una simple mirada insinuante. Casi por años pensé que estaba enamorada, pero en estos momentos casi no sabía de pensamientos razonables y seguí. Así fui yo, como amante inexperta de caricias, de placeres y de cigarros; no sabía si besar aquí, allá o mirar el lejano horizonte de sus ojos que casi perdía mientras besaba su vientre. Casi me iba a tirar a éste hombre casi indeciso, ¿O ya me lo estaba tirando?...Ya casi me iba a tirar al hombre que desde que le había quitado la camisa decía ¡NO!, pero no se iba, más bien se venía entre mis pechos y decía como desquiciado pero casi en silencio:-¡Detente![…]. Ya casi me lo tiraba cuando le dije:
-Te amo
No sé si lo dije por error o porque no sabía que se dice mientras casi te tiras a alguien o porque el alcohol para niñas es peor cuando se toma con refresco o simplemente porque me di cuenta de que en si, no era su carne lo que más deseaba, pues al verlo sobre el sillón casi desnudo no quería seguir tras mi deseo, más bien me deleitaba mirando sus paisajes íntimos, los estaba contemplando, volviéndolos míos para después recorrerlos con los ojos nada más… con los puros ojos… más puros que con ojos… fue cuando me di cuenta de que estaba casi enamorada.
Después de decirle: -Te amo- se apagó la hoguera que ardía en sus ojos, las manzanas que colgaban en su rostro palidecieron, dejó de respirar, de sentir, de engañar a su amígdala mientras complacía a su cuerpo. Entonces el silencio acostumbrado invadió el espacio entre mi cuerpo y el suyo, separamos las pasiones, nos sentamos de lado a lado, me tomó de la mano sin mirarme siquiera y así permanecimos callados por casi tres horas… comenzó a llover como casi nunca llueve en febrero y mientras yo era el ser más feliz en la tierra, él se quedo dormido.